Celia del Palacio compartió este texto en la presentación de Los huecos de la memoria, en el marco de la FILU de Xalapa (Veracruz, México).

Los huecos de la memoria, de Raquel Martínez-Gómez, es una narración de dos vidas paralelas en dos diferentes tiempos. Dos mujeres que por ventura se encuentran a través de la literatura a pesar de que dos o tres décadas separen sus vidas. Vidas, que como se dice en la novela, “se repiten en un círculo interminable y a la vez, cada una es excepcional y por ello vale la pena recuperarla del olvido, para rescatar las ruinas del presente”.

La lectura de este libro despierta muchas emociones gracias al uso preciso del lenguaje, a las imágenes oníricas y a la sobriedad para narrar la historia de amor, el dolor lacerante y la esperanza.

No voy a narrarles la historia, pero sí delinearé un par de pinceladas alrededor del argumento. Una de las mujeres es una escritora que vivió el franquismo y fue censurada. El régimen le arrancó mucho más que las palabras. De algún modo, le arrancó el corazón. La otra es una joven mujer que sobrevive en un trabajo mediocre: destruyendo libros en una editorial, y decide averiguar qué ocurrió, qué misterios se esconden en la vida de la escritora que ha descubierto en una de las listas de los autores condenados al olvido. Este hecho pone en marcha la novela.

La autora nos guía por los laberintos de la vieja casa de la escritora en Madrid y, a través de ellos, volvemos a la vida de Manuela, a sus pasiones, a sus secretos que se irán develando lentamente.

La novela puede dividirse en dos partes: la primera es un constante ir y venir, del presente a los años 50, 60, 70: un suave movimiento de olas, un mar no siempre calmo. Prevalecen en ella los elementos femeninos: el agua, los sueños, las voces  de las mujeres, Manuela, Fabiola, Amaya, Candela… En esta parte la autora nos trasmite el ambiente opresivo (tanto en el presente como en el pasado) y muestra las pequeñas miserias en las vidas de las mujeres que no han cambiado tanto a pesar de las diferencias obvias: Fabiola se siente prisionera del tiempo, de las obligaciones, de su vida gris donde hay un único destello: su hija.

En la segunda parte, conocemos (por lo menos parcialmente) la otra cara de la historia: la versión de Eloy, de su amigo Shane; aunque nunca escuchamos (o por lo menos no por mucho tiempo) las versiones de Cecilio y Pablo (marido e hijo de Manuela). En esta parte se respira otro aire: la libertad, el mar abierto, los jardines antiguos y la campiña inglesa.

¿Por qué Fabiola busca con tal interés los detalles de la vida íntima de Manuela? ¿Qué nos incita, a través suyo, a asomarnos a esos abismos? La autora nos da algunas pistas:  “Ubuntú”, nos cuenta, significa “que somos gente a través de otra”. Fabiola busca a Manuela para encontrarse a sí misma. Y sin embargo su búsqueda le devuelve imágenes fragmentadas, descompuestas, como los espejos de la casa de la escritora.

Los personajes parecen dividirse en dos categorías: los que viven por sí mismos, los que logran encontrar una fuerza interior que los sostiene a través de la adversidad y el dolor (podríamos llamarlos “faros”, esa imagen emblemática que aparece repetidamente en la novela), y los más débiles, quienes se limitan a ser un reflejo de los primeros, vivir a su sombra, alimentarse de su luz (los “espejos”). Algunos, los más afortunados, logran encontrar la grieta en la pared y escapar al mundo, más allá del reflejo, más allá de la sombra del amo, más allá de su embrujo; sin embargo hay otros que se contentarán, sin amargura, a jugar un papel secundario, sintiéndose afortunados de la cercanía con la estrella mayor.

La novela muestra tanto el ambiente opresivo del Madrid franquista, como el Madrid de hoy, opresivo por otras razones: el consumismo, los trabajos sin futuro, la falta de equidad de género por más que se pregone lo contrario, las rémoras de un pasado que no acaba de irse… Y sobre todo, la preocupación por el tiempo: la fragilidad del instante, la imposibilidad de detener, acelerar, controlar a ese verdugo implacable.

Paradójicamente, los personajes que quieren encontrar la redención, la libertad, a través de la literatura, sea como escritores o como lectores ávidos de entender, de penetrar en el mundo mágico que ésta parece mostrar como un hechizo, no lo logran: la libertad, parece decir la autora, se encuentra en las pequeñas cosas, en el disfrute del instante, en los lazos que se tejen con personajes en apariencia mediocres; la libertad está en los huecos (del día, del pasado, de la memoria) que no tienen por qué llenarse siempre. En un mundo donde hemos aprendido a acumular, a no dejar un solo espacio vacío, esa puede ser una tarea titánica que nos tome el resto de la vida. Agradezco a Raquel Martínez-Gómez por recordárnoslo.

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