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Estoy en contra de todos los granujas y opresores que habitan la tierra.

Ray Bradbury, Aunque siga brillando la luna

La literatura, como relato universal compuesto de múltiples voces, posee un valor insustituible para imaginar el mundo que queremos y presentar descarnadamente los engranajes de dominación que marcan las pautas de su funcionamiento.

Meter un mundo en una novela o pieza literaria, desde la intuición de vida que tuvieron sus creadores, ha sido una constante a lo largo de la historia de la literatura (La odiseaDon Quijote de la ManchaMoby DickEl corazón de las tinieblas, Memorias del fuego…).

Aldous Huxley con Island -su obra póstuma- o Ray Bradbury –a través de Martian Chronicles y esa imaginada ciudad marciana que unía arte y vida- estaban a la vez representando un momento, creando proyectos de buen vivir y emitiendo señales de alarma sobre el poder de autodestrucción del ser humano. En sus novelas confluían las visiones utópicas y distópicas porque también eso es el mundo: el encontronazo entre intereses contrapuestos donde se ejerce el egoísmo y la solidaridad al mismo tiempo, donde uno puede convertirse en héroe, aunque esté perseguido por la justicia (como lo están Helvé Falcioni, Julian Assange o Edward Snowden) o ser un villano con presunción de inocencia o apariencia de legalidad (como las clases dirigentes transnacionales, cuyas decisiones impactan en la destrucción del medioambiente y en la creciente desigualdad mundial).

Una contradicción que, pese a todo lo que se ha dicho sobre la muerte de la novela, sigue teniendo en la literatura del siglo XXI un espacio para la representación (2666, Underworld), anticipación (Mara and Dann) y búsqueda de otros mundos (The Fifth Sacred Thing). La complejidad y aristas de la realidad no encuentran, sino en la novela, la posibilidad del relato que, desde la profundidad y los infinitos matices, nos cuente quiénes somos, cómo nos relacionamos con los otros – incluyendo los seres no humanos que nos acompañan en el planeta-, cuáles son nuestros proyectos colectivos y cuáles las “maldiciones egoístas” que impiden la consecución de nuestras utopías.

Drones asesinos, ataúdes flotantes en el Mediterráneo y en el mar de Andamán, círculos de basura y consumo irracional, semillas terminator que destruyen la biodiversidad y las culturas, uso de combustibles fósiles que fijan la espada de Damocles con un pelo de crin sobre nuestras cabezas, fundamentalismo machista que encarcela las mentes de hombres y mujeres, codicia financiera que trae como consecuencia una desigualdad obscena, corrupción generalizada que deja pocos espacios para creer en la bondad del ser humano, violencia gratuita con la que obsequiamos a nuestros jóvenes… Viéndolo así, a cualquiera se le quitan las ganas de renunciar a toda posibilidad de proyecto humano.

Pero, aún en nuestra condición de náufragos, la humanidad siempre ha encontrado motivos para renacer de las cenizas, de esa hecatombe que algunos provocan para extender sus redes de dominación mientras mucha gente mira pasiva y absorta. También ha sido la literatura la que, desde su letra, ha permitido que entendamos mejor quiénes somos abriendo el pasadizo a lo desconocido, ocultado, invisibilizado.

Si lo que está en crisis es nuestro modelo de desarrollo, sólo desde la recuperación y apropiación de lo simbólico mediante relatos podremos recuperar la capacidad de soñar con otros mundos más igualitarios, ecológicos y posibles. Es el poder de las metáforas, su capacidad imperfecta de suscitar revelaciones y emociones, el que da inicio a la trasformación de la realidad. La literatura cumple un papel de latencia utópica que puede regenerar, a partir de esta “resignificación”, algo que parece imposible de cambiarse.

La literatura transformadora parte de cosas tan simples como la de convertirse en una gran goma de borrar fronteras: recordándonos que somos miembros de una misma comunidad. Como se contaba el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, cuando la abuela Ixmucamé muele el maíz: éramos una sola raza, estamos conformados por la misma materia.

Pero también la madre tierra forma parte de nosotros. Carmen Flys profundiza en textos literarios que, desde la ética del cuidado, muestran que es posible otra manera de relacionarnos con el medio ambiente. Autoras como Starhawk, Linda Hogan o Ann Pancake incluyen en sus obras a la naturaleza no humana reflejando un cambio de paradigma cultural hacia una actitud más justa y sostenible. La armonía con la madre tierra, en el otro extremo de lo que implica su dominación o extracción de su riqueza, permite una comunicación empática bidireccional: los personajes escuchan la naturaleza y se dejan escuchar por ella.

David Becerra Mayor escribe que, pueda o no la literatura cambiar el mundo, “lo importante es que la gran literatura crea en sus potencialidades”. Y esta potencialidad, en el tiempo en que vivimos, no significa que una novela tenga que versar sobre el cambio climático o la violencia de género, pero tampoco es suficiente hilvanar frases con sentido para entretener. A veces basta con contribuir a salir del discurso totalizador de la ideología que nos somete, con la búsqueda de un entendimiento que parta de la diversidad en igualdad, con una atmósfera que se haga eco del conflicto ambiental o de las consecuencias de los desequilibrios de poder entre los géneros. Lo que si no cabe en la literatura transformadora es el silencio y la pasividad ante las grandes miserias colectivas.

Pero nada más lejos de la realidad que supeditar la literatura al servicio de una idea política inmóvil. La literatura es un territorio de libertad, de voces diversas, plagado de contradicciones, donde no es posible encontrar la aspiración a una única verdad, sino un espacio donde se debaten ideas en pugna a través de personajes que encarnan distintos puntos de vista. Su estela siempre deja huellas de duda entre sus interrogaciones de tinta y silencio.

Hemos asistido a los intentos de frivolización, banalización y comercialización de muchas dimensiones de nuestra vida, pero todavía queda espacio para la aparición de obras que van al centro mismo de la vida y de la historia. Obras que son sustrato de nuevas transformaciones o, como escribía Roberto Bolaño en 2666, donde se lucha “con los combates de verdad”.

Por eso este espacio, Ceniza de ombú, aspira a convertirse en un lugar de diálogo e intercambio sobre obras literarias que representan el mundo del siglo XXI, que anticipan lo que vendrá después y construyen otros mundos posibles. Un lugar virtual para profundizar en las contradicciones del discurso del desarrollo humano hegemónico respetando el multivocalismo.

Compartiremos reflexiones sobre autor@s y obras que exponen los abusos de la codicia y la opresión y que, por otra parte, dignifican la valentía de las luchas de personas o colectivos que encarnan las grietas abiertas en muros inexpugnables. El ombú, pese a su apariencia de árbol, es una planta arborescente que se convierte en metáfora de la levedad y fragilidad de todo lo que creemos arraigado: el capitalismo salvaje, el integrismo cultural y religioso, la sociedad patriarcal y la explotación de la naturaleza.

Sabemos que es posible extraer sus raíces, porque una novela donde cabe el mundo encierra la semilla de su transformación.

6 comentarios
  1. Clara Fassler
    Clara Fassler Dice:

    Bien por la iniciativa Raquel !!! Seguramente será un espacio riquísimo de encuentro e intercambios de diferentes utopías . Un abrazo

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  2. Víctor L. Briones
    Víctor L. Briones Dice:

    Pues estaré atento a estas ficciones que se plantean como una forma de mirar la realidad sin “guarnición”, sin que duela y sin el pesimismos que suele llevar adosado este fatalismo provocado por el bombardeo de mensajes que, además de falsos, tienen a intención de hacernos agachar la cabeza y convertirnos en obedientes acólitos. Tienes un seguidor más. Un saludo y buen día…

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  3. Javier Etchemendi
    Javier Etchemendi Dice:

    Hola Raquel, me interesa mucho tu proyecto, hallo que tenemos varios puntos de pensamiento en común. Será un placer leerte y dentro de mis posibilidades colaborar. Gracias.

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